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La Carga Invisible: El Trabajo Que Nadie Ve, Pero También Agota

Hay un tipo de trabajo que rara vez aparece en nuestra agenda y que, sin embargo, puede mantener nuestra mente ocupada prácticamente todo el día.

No se trata solamente de hacer cosas, sino de recordarlas, anticiparlas y organizarlas: citas médicas, pagos, escuela, compras, cumpleaños, medicamentos, necesidades de los hijos, pendientes de la casa y compromisos familiares.

Muchas mujeres profesionistas terminamos nuestra jornada laboral, pero nuestra mente continúa trabajando.

Lo conozco también desde mi propia experiencia. Fui madre de dos hijos, divorciada y profesionista. Durante muchos años hubo momentos en los que experimentaba mal humor, ansiedad o un cansancio que no comprendía. Me preguntaba qué estaba pasando conmigo, sin reconocer que detrás existía una enorme sobrecarga silenciosa: aquella que nadie ve porque ocurre principalmente dentro de nuestra cabeza.


A veces la mente no terminaba de trabajar.

Puedes estar en una reunión y recordar que debes hacer una cita médica. Trabajando y pensando qué hace falta comprar. Intentando dormir y repasando mentalmente lo que se debe hacer al día siguiente.

Y cuando un hijo enferma, la jornada simplemente continúa durante la noche.

Nos convertimos en enfermeras y cuidadoras. Hay que revisar la temperatura, administrar medicamentos, vigilar síntomas y despertarse varias veces. A la mañana siguiente quizá debemos levantarnos y continuar funcionando como profesionistas, madres, administradoras del hogar y responsables de innumerables pendientes.

Dormimos menos. Descansamos menos. Pero seguimos adelante.

Hasta que un día resulta que estamos agotadas.

Y muchas veces, en lugar de preguntarnos “¿cuánto estoy cargando?”, pensamos:

“¿Qué está mal conmigo? ¿Por qué ya no puedo?”


Ver la carga es importante.

En mi caso hubo un ejercicio muy sencillo que cambió mi perspectiva.

Tomé una hoja de papel y comencé a escribir todo lo que hacía y todo aquello de lo que tenía que estar pendiente.

Verlo escrito fue revelador.

Por primera vez pude observar objetivamente la magnitud de la carga que estaba sosteniendo. Ya no era una sensación indefinida de cansancio o ansiedad. Frente a mí había una explicación concreta: era demasiado para una sola persona.

A partir de ahí pude comenzar a estructurar formas de reducir esa carga, pedir apoyo, reorganizar responsabilidades y, algo igualmente importante, darme espacios para recuperar energía.

Pude decirme: “Quizás no estés fallando, solo olvidando que eres humana”


Tenemos límites físicos y emocionales. Necesitamos dormir, descansar, disfrutar y disponer de momentos en los que nuestra mente no tenga que estar resolviendo el siguiente problema.

Sin embargo, hemos normalizado tanto el agotamiento que podemos llegar a considerarlo parte natural de ser una mujer responsable, una buena madre o una profesionista comprometida.

Y cuando finalmente nuestro cuerpo o nuestras emociones dicen “ya no puedo más”, podemos interpretarlo como una falla personal.


Quizá no estés fallando.

Quizá simplemente llevas demasiado tiempo sosteniendo demasiado.

Si te reconoces en estas palabras, prueba algo muy sencillo: toma una hoja y escribe todo lo que haces, pero también todo lo que recuerdas, anticipas, coordinas y resuelves por los demás.

Mira esa lista con la misma comprensión con la que mirarías la lista de otra persona.

Y pregúntate:

¿Todo esto realmente tiene que seguir dependiendo de mí?

Si el agotamiento, la ansiedad, la irritabilidad o la sensación de no poder más ya forman parte de tu vida cotidiana, el acompañamiento profesional puede ayudarte a mirar esa carga desde otra perspectiva, reorganizarla y recuperar recursos y espacios propios.

Porque cuidarnos también comienza por reconocer que no tenemos que poder con todo.

 

 
 
 

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