Síndrome de Burnout
- creativeempowering
- Jul 30
- 4 min read
¿Es solo agotamiento... o estas viviendo un síndrome de burnout?
□ Te despiertas cansada, aunque hayas dormido.
□ Sientes que nunca terminas tus pendientes.
□ Te cuesta concentrarte o comienzas a olvidar cosas.
□ Has perdido el entusiasmo por actividades que antes disfrutabas.
□ Te irritas con facilidad.
□ Sientes que todo depende de ti.
□ Experimentas dolores de cabeza, cuello o espalda con frecuencia.
□ Te cuesta relajarte, incluso durante los fines de semana.
□ Tienes dificultad para decir "no".
□ Sientes culpa cuando descansas.
□ Has pensado: "Ya no puedo más."
Si durante los últimos meses has experimentado varios de estos síntomas puedes estar experimentando Burnout:
En nuestra cultura es frecuente que muchas personas, y particularmente muchas mujeres, asuman múltiples responsabilidades al mismo tiempo. Además de desempeñar su trabajo, suelen convertirse en el principal apoyo emocional y organizativo de la familia: cuidan de sus hijos, atienden el hogar, acompañan a padres que envejecen o familiares enfermos, resuelven problemas cotidianos y, en muchos casos, sienten que deben responder a las necesidades de todos antes que a las propias. Con el tiempo, esta carga puede volverse difícil de sostener.
Generalmente me dicen:
"No entiendo qué me pasa. Antes podía con todo."
Y cuando les pido que narren cómo transcurre un día cualquiera, el origen del agotamiento comienza a hacerse evidente.
Sus actividades empezaron antes de que saliera el sol. Prepararon el desayuno, organizaron la casa, despertaron a los hijos, revisaron uniformes, tareas y mochilas para después llevarlos a la escuela y dirigirse al trabajo, respondiendo llamadas o resolviendo asuntos desde el automóvil. Durante la jornada laboral coordinaron equipos, tomaron decisiones, atendieron clientes, solucionaron problemas y respondieron mensajes que parecían no terminar nunca.
Al regresar a casa, la jornada estaba lejos de haber concluido. Las tareas escolares, el apoyo emocional a los hijos y el traslado a actividades deportivas o extracurriculares ocupaban buena parte de la tarde. Después venían las compras, la preparación de los alimentos, la organización del día siguiente y, en muchas ocasiones, el cuidado de padres adultos mayores o familiares que necesitaban apoyo.
Cuando finalmente la casa quedaba en silencio, aún quedaban pendientes por resolver: responder correos, pagar cuentas, revisar documentos o simplemente intentar dejar todo listo para el día siguiente. Solo entonces se permitían descansar. Pero ese descanso no era realmente un espacio de recuperación; era el momento en que el cuerpo simplemente ya no podía continuar.
Con frecuencia les pregunto:
—¿En qué momento del día hubo un espacio para usted?
La respuesta suele ir acompañada de un largo silencio.
Muchas sonríen con cierta vergüenza y responden:
—No hubo.
Y ese es precisamente el problema.
El burnout rara vez aparece porque una semana haya sido especialmente pesada. Generalmente es el resultado de meses o incluso años viviendo con la idea de que siempre hay alguien o algo más importante que uno mismo. Poco a poco dejamos de escuchar nuestras propias necesidades hasta que el cuerpo comienza a hacerlo por nosotros: aparece el cansancio constante, el insomnio, la irritabilidad, la dificultad para concentrarse, la sensación de no disfrutar nada y, finalmente, esa frase que escucho tan seguido en consulta:
"Siento que ya no puedo más."
En ese momento muchas personas creen que lo único que necesitan son unas vacaciones. Sin embargo, cuando regresan, descubren que el problema sigue ahí. Porque el agotamiento no estaba únicamente en el trabajo; estaba en una forma de vivir en la que siempre ocupaban el último lugar.
Una de las preguntas que más escucho es:
"¿Y qué pasa cuando mi realidad no puede cambiar?"
Porque hay personas que no pueden renunciar a su trabajo de un día para otro. Otras tienen un hijo con discapacidad, un padre con demencia, un familiar con una enfermedad crónica o atraviesan una situación económica que no les permite disminuir sus responsabilidades.
Y tienen razón.
No siempre podemos cambiar nuestras circunstancias.
Pero casi siempre podemos cambiar la manera en que las vivimos.
Desde la psicoterapia no buscamos construir una vida perfecta ni eliminar todos los problemas. Buscamos desarrollar recursos para sostener la realidad de una forma diferente.
En ocasiones el cambio consiste en aprender a poner límites donde antes solo había culpa.
Otras veces significa dejar de exigirnos ser perfectos, aprender a pedir ayuda, redistribuir responsabilidades o reconocer que cuidar de uno mismo también es una responsabilidad.
En algunos casos el cambio más importante ocurre dentro de nosotros: dejamos de creer que nuestro valor depende de resolver la vida de todos los demás.
La terapia también ayuda a identificar aquellas cargas que ya no pertenecen al presente. Muchas personas siguen viviendo con reglas aprendidas hace años:
"Tengo que poder con todo."
"Si descanso soy floja."
"Primero están los demás."
"Pedir ayuda es señal de debilidad."
Con frecuencia descubrimos que esas ideas no son verdades; son formas de pensar que alguna vez fueron útiles para sobrevivir, pero que hoy mantienen el desgaste.
El objetivo no es que la vida tenga menos responsabilidades.
Es que tú tengas más recursos para vivirla.
Por eso, además de trabajar con estrategias prácticas para disminuir el estrés, utilizo herramientas como la Psicoterapia Ericksoniana, el Neuroarte y la Psicoterapia Centrada en Soluciones, que permiten desarrollar nuevas perspectivas, fortalecer recursos internos y construir alternativas incluso cuando las circunstancias externas no cambian de inmediato.
Porque, aunque no siempre podamos elegir todo lo que nos ocurre, sí podemos aprender a elegir la manera en que queremos vivirlo.
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